El impensable Maracanazo

Logo_Brasil1950Volvía el mundial a Sudamérica luego de haberse disputado la última edición en 1938 en Francia. Brasil 1950 suponía un aire de renovación para el mundo luego de los conflictos bélicos que marcaron tristemente los inicios de los años 40 cuando el mundo se vio golpeado por la segunda guerra mundial que cobró muchísimas vidas y generó un caos social, económico y humano tantos en los países que participaron activamente en los enfrentamientos, como en aquellos que se mantuvieron al margen pero que, colateralmente, fueron impactados por el fuerte suceso.

Así las cosas, el mundial en tierras brasileras generaba expectación y por supuesto, una presión en el combinado local por alcanzar su primera copa del mundo. Trece selecciones apostaron por una ilusión. Brasil, México, Yugoslavia, Suiza, Chile, Inglaterra, España, Estados Unidos, Italia, Paraguay, Suecia, Bolivia y Uruguay querían consagrarse, algunos equipos lo harían por primer vez y otras, como Italia y Uruguay querían engrandecer su nombre futbolístico en el mundo, ya que en ediciones anteriores se había coronado como campeones del mundo.

Brasil no tuvo piedad de sus rivales en la primera ronda;  se deshizo de México, Yugoslavia y empató con Suiza. Clasificó a la fase final. El protagonista de la otra parte de la historia, Uruguay, vapuleó a la débil Bolivia y así logró avanzar a la instancia final, a la que se sumaron la España de Telmo Zarra y Suecia.  Un mini “torneo” para definir al campéon arrancaba.

Brasil, en su condición de favorita, goleó a Suecia por 7-1 destacando la figura de Ademir, delantero que, a la postre, se convirtió en el goleador del mundial y, posteriormente, le propinó a España una de las peores goleadas en su historia: 6-1 fue el marcador definitivo a favor de la verdeamarelha.  Por su parte, Uruguay empató previamente con España y venció a Suecia y se enfrentaba con el virtual campeón, Brasil, que sólo necesitaba un empate para coronarse campeón. Ese 16 de Julio en Río de Janeiro, con un Maracaná que estaba totalmente decantado por el local y atestado de hinchas, se enfrentaban David y Goliat.  Brasil se puso arriba del marcador recién iniciado el segundo tiempo con gol de Friaca. Euforia maximizada en el escenario que se convirtió en esos instantes en una fiesta inimaginable, se palpitaba el triunfo, el logro, el optimismo, no existía otra cosa sino la victoria; sin embargo, lo maravilloso de este deporte es que nada está cantado, ni mucho menos dicho hasta cuando el árbitro pite y recoja el balón y de por finalizado el partido. Uruguay buscaba el partido con alma, piel y corazón y poco a poco fue ganando terreno. Gol de Schiaffino pasado los primeros 15 minutos del primer tiempo puso a soñar silenciosamente a los jugadores charrúas, pero con el empate Brasil aún era campeón. Uruguay no lo daba por perdido, evidentemente la premisa era morir o morir. Y así fue. Un escape de Ghiggia dejando mal parado a Bigode, saca un remate que dejó noqueado al arquero Barbosa y enmudeció, quebró y mató la ilusión del local.

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Se desparramó el Maracaná. Un silencio atroz reinó aquella tarde y la aflicción se apoderó de cada uno de los hinchas de Brasil. Batacazo inimaginable, Uruguay dio vuelta a un partido que, desde antes de iniciar, ya lo daban por ganador a Brasil. Lección de fútbol, lección de vida, efemérides inolvidable.

Por acá el gol –>

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